Cada vez que abro un libro me encuentro con antiguas soledades,
con refugios fríos,
con quietud transitable,
con vacíos inenarrables.
Yo debía morir ayer, creo que fue ayer,
porque hoy la tierra huele al revés.
Cada vez que te nombro me cubro de desamparo,
y tu nombre, desprotegido, se marcha.
Y tengo frío en el café,
también en el molde de tus manos sobre las mías,
y frío bajo mis cobijas,
y debajo de la cama donde duermen mis recuerdos; los fantasmas me leen a César Vallejo.
Tengo ganas de gritarte que aún te espero,
que aún tengo fuerzas para gritar,
para oírme,
para callarme,
para volver a mi voz a tiempo
y volver a ese sitio tan agradable que era tu pelo, tu barro, tu polvo, tu ceguera, tu virtud aburrida.
Me dije que quería que fueras mi última soledad en libertad, pero no estoy soportando esto.
Me siento solo, y entre risas, solo.
La noche cubre la casa,
la casa cubre la nada,
la nada se ve como un obsequio de cumpleaños.
¿Recuerdas de qué color era la luz cuando te fuiste?
¿Amarilla? ¿Rosada?
Albedrío absurdo, libertad de crucigramas,
cigarrillos suspendidos en el aire,
linaje espeso que mis venas hacen fluir hasta el hueco donde un tiempo atrás pulsó mi alma para vos.