Conversando con mi hija, desempolvé memorias de antaño, sobre tiempos aquellos donde me acompañaban mis compañeros del partido. Le conté sobre uno en especial, al cual recordábamos llegando siempre antes que el resto. Resaltaba por encima de todos debido a su figura esbelta, a que llevaba el saco siempre hecho un anís, con el nudo de la corbata perfecto y los zapatos relucientes. No levantaba la voz ni ocupaba un espacio innecesario. Se sentaba derecho, con la mejor postura que podía y con las manos limpias sobre las rodillas. En una época donde el polvo se metía hasta en las ideas, él se mantenía impecable.
Éramos camaradas, sí, pero también éramos jóvenes, y los jóvenes miran con hambre aquello que no saben nombrar. En él veíamos una forma posible de dignidad. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, las palabras salían claras, pausadas y precisas. Era un castellano cuidado, sin términos rebuscados, como aprendido a fuerza de una repetición silenciosa. Nadie sabía de dónde venía exactamente. Decía “del Sur” y sonreía, y con eso bastaba para que dejáramos de preguntar.
Su presencia contrastaba con el paisaje de aquellos años donde veíamos niños huyendo de la violencia y jóvenes tratando de luchar contra ella, huelgas ignoradas, persecuciones a media voz y pan duro compartido en patios prestados. Mientras algunos llevábamos la camisa remendada o el pantalón desgastado en las rodillas, él parecía siempre recién salido de un retrato. No aristocrático en el gesto —no había soberbia—, sino en la compostura. Como si hubiera decidido, incluso antes de nacer, que no iba a camuflarse con nuestro gris panorama.
La verdad, ahora que lo pienso, lo admirábamos en silencio. Mientras que, nosotros permanecíamos en una esquina, sentados sobre las veredas agrietadas, con el humo en los pulmones solo para exhalar protestas en contra del sistema. Su imagen, en cambio, aparecía de manera disruptiva, envuelta en un traje impoluto. Alguno bromeaba: “Parece abogado”. Otro decía: “No, ese parece diplomático”. Él reía bajito, con una risa corta y medida. Nunca nos aceptó un cigarrillo. Nunca nos pidió nada.
Con el tiempo, esa pulcritud empezó a inquietarnos. No por falsa, sino por inexplicable. Nadie vivía así sin sostén, y él no tenía familia que se le conociese ni trabajo que lo sustente. En una ciudad donde hasta la esperanza escaseaba, ¿Cómo se mantenía tan bien? Entonces, empezaron las sospechas, algo nos estaba ocultando.
Un día faltó. Luego otro. Las reuniones siguieron, pero algo estaba fuera de lugar. No era el más elocuente ni el más audaz, pero su ausencia pesaba como una silla vacía que nadie se animaba a ocupar. Alguien propuso ir a buscarlo. No por desconfianza, dijo, sino por camaradería. Nadie se opuso.
Fue una tarde cualquiera cuando llegamos al barrio donde se supone que vivía. Estaba lleno de casas de adobe y quincha, algunas sostenidas más por costumbre que por estructura. Preguntamos por él con cuidado, como si su nombre pudiera romperse en el aire. Un niño nos escuchó y señaló una vivienda al fondo, casi escondida tras un cerco torcido. “Ahicito nomás vive el señor”, dijo, y se fue corriendo.
La casa —o lo que quedaba de ella— era tan solo un conjunto de paredes derruidas, con agujeros habitados por nidos, donde más parecían dueñas las aves que el hombre. Con un techo que parecía que el viento lo podía volar en cualquier momento, y con una puerta que apenas y cerraba.
Entonces, salió.
Llevaba el mismo traje de siempre, sin una mota de polvo. Nos miró casi avergonzado.
El silencio fue largo. No había dónde posar la mirada. Vimos parte del interior de la casa, el piso de tierra, una mesa coja, parte de un espejo sobre la pared, una cama improvisada con tablas y un colchón roído. Un olor a paja y abandono. Nada más.
Bajó los ojos. No por vergüenza ajena, sino por cansancio. Nos explicó, sin rodeos, que no era su casa. Que unos cuzqueños se la habían cedido temporalmente tras la muerte de una anciana que vivía allí sola, que no tenía otro lugar.
No se justificó. No pidió comprensión. Solo lo dijo.
La imagen que teníamos de él se resquebrajó. No hubo rabia ni decepción, sino una incomodidad nueva, más difícil de nombrar. Nos dimos cuenta de que nunca le habíamos preguntado nada importante. Que habíamos preferido una careta a la verdad incómoda.
Alguien, torpemente, le ofreció ayuda. Otro mencionó un trabajo de vigilante nocturno, mal pagado, pero con eso iba a poder llevar algo de comer a casa. Él negó con calma. Dijo que no podía. Que no era un trabajo lo suficientemente digno. Que prefería el hambre a perder lo poco que le queda de orgullo. No lo dijo así, claro. Lo dijo sencillo: “No es para mí”.
Nos despedimos sin abrazos. Afuera, el cielo se había puesto gris, ya iba a ser temporada de lluvia. Caminamos en silencio. Nadie hizo chistes. Nadie comentó nada. Cada uno vivía con sus propios líos.
Días después, nos enteramos de que se había ido a Lima. Sin gran educación, sin un currículum sorprendente, sin más capital que su modo de estar en el mundo. No dejó dirección. No escribió.
Algunos dicen que logró conseguir trabajo y allí se quedó. A veces, en las reuniones, alguien menciona su nombre. No para lamentarse, sino para recordar. Nadie sabe qué fue de él. Si sobrevivió. Si logró sostener esa dignidad llena de vacío. Si, finalmente, el mundo le permitió ser lo que parecía o lo obligó a elegir.
Solo nos queda la esperanza —esa forma modesta de la fe— de que haya encontrado un lugar donde no tuviera que vestirse con traje para existir.