Vio un campo entre las piedras,
sin cosecha y sin renombre;
donde otros miraban tierra,
ella contempló horizonte.
No compró por vanidad,
ni por presumir riqueza;
vio futuro en aquel suelo,
vio trabajo y vio cosecha.
Midió el precio, hizo sus cuentas,
calculó lo que podía;
la prudencia fue su escudo,
la visión, su compañía.
Con el fruto de sus manos
compró tierra cultivable;
con paciencia y con esfuerzo
hizo el sueño rentable.
No esperaba un golpe de suerte
ni una herencia inesperada;
convirtió sudor en bienes,
y en patrimonio, la jornada.
Mientras cuidaba su casa,
también cuidaba su hacienda;
sabía que cada recurso
necesitaba conciencia.
Sembró viñas en la ladera,
vio crecer cepa tras cepa;
y aprendió que toda empresa
tiene invierno y primavera.
No le tuvo miedo al tiempo,
porque sabía esperar;
quien trabaja con propósito
sabe cuándo cosechar.
Y el campo que ayer dormía
bajo un cielo polvoriento,
se volvió fruto y riqueza
por la fuerza de su empeño.
No era solamente esposa,
ni solamente madre:
era dueña de su visión,
administradora y creadora.
Donde otros veían un límite,
ella encontraba camino;
donde faltaba una fuente,
ella abría un manantial vivo.
Por eso quedó en la historia
su manera de emprender:
no esperaba que la tierra diera
aprendía a hacerla crecer.