Pedro Olvera

Engranes

Los besos caminan, trotan
por la ruta de los caracoles,
labios sin caparazón, sin discurso,
se descifran anudando humedades,
cordeles que halan a un origen,
plasma de relámpago,
parafina con pabilo de cocuyos,
qué suaves las garras de la raíz,
qué delicia de alambrada los brotes,
alaridos de agua sublimándose
con la tierra misma, tanto verde  
y tantos barcos de barro
rompiendo las nubes de granizo,
cada segmento intentando el todo,
una y otra y otra vez una y uno,
el aleteo quemado,
la interminable vía jabonosa
y loca de intermitencia
entre el túnel volátil y el faro ciego,
hasta que, súbita, la estrella rezumante
—o la luz del tren en la cara—
 se alumbra, revienta, se extingue,
y la cumbre se disipa en aludes negros,
el vapor se calza los pulmones 
y vuelve el peso liviano entre los brazos,
el regadero de engranes,
los asteriscos a pie de página,
y un saxofón ajeno a todo en los parlantes,
las miradas quedan solas, rutilan,
flotan en algo que aún es infinito,
pero que vuelve a otear el aire
con sus afiladas manecillas.

Olvera, P. México, 03 de septiembre de 2026