Desliza el azogue en la piel del desierto,
mientras vela en la niebla un espectro despierto,
un rayo invisible que cruza el abismo,
un murmullo de pasos, de sombra y de sismo.
Inhalamos la noche con labios de acero,
en el rito secreto del trance primero,
tu silueta es un enigma que el viento deshace,
el umbral donde un reino olvidado renace.
Sin nombre ni rastro, el silencio se nombra
como un pulso de sangre que habita en la sombra,
son tus manos de bruma y de lava encendida
las que abren la puerta de una clave perdida.
En la penumbra del lecho, sin ley ni distancia,
se descifra el arcano en su oculta abundancia,
dos figuras de niebla fusionando su llama,
un eclipse velado que el vacío reclama.