VirginiaB

La vida y sus formas raras de mostrarte las cosas…

Hace un tiempo le pedía a Dios que sacara de mi vida a las personas que no debían estar en ella.

Le pedía que me protegiera.
Que me cuidara de aquello que yo no alcanzaba a ver.
Que apartara de mi camino lo que no me hiciera bien, incluso si yo todavía no tenía la capacidad de reconocerlo.

Y ahora sucede esto.

Solo que, si esto es una respuesta, debo admitir que es una de las formas más injustas en las que podía llegar.

Porque hay cosas que uno puede aceptar: que alguien se vaya, que una relación cambie, que una persona elija otro camino. Incluso hay pérdidas que, con el tiempo, terminan teniendo sentido.

Pero hay una clase de dolor mucho más difícil de aceptar:

que alguien construya una versión de ti que no eres tú.

Que te conviertan, en su historia, en alguien que nunca fuiste.

Y lo más desesperante es descubrir que no siempre puedes hacer nada para evitarlo.

Puedes saber quién eres.
Puedes tener la conciencia tranquila.
Puedes saber lo que hiciste y, sobre todo, lo que jamás hiciste.

Pero no puedes entrar en la cabeza de otra persona y corregir la historia que está construyendo sobre ti.

Y quizá esa sea una de las lecciones más difíciles de la vida:

no siempre podremos controlar la versión de nosotros que otros se llevan.

A veces seremos el malo de una historia que nunca escribimos.

A veces alguien se irá pensando algo de nosotros que no es verdad.

A veces tendremos que aprender a vivir con la injusticia de no poder explicar nuestra verdad hasta hacer que el otro la entienda.

Y duele.

Duele porque uno quisiera que las personas que alguna vez fueron importantes pudieran vernos con la misma claridad con la que nosotros sabemos quiénes somos.

Pero quizá no siempre se trata de que el otro lo entienda.

Quizá, algunas veces, se trata de poder decir:

Dios, tú sabes quién soy.

Tú sabes lo que hice.
Tú sabes lo que no hice.
Tú conoces mis intenciones, incluso aquellas que nadie más pudo conocer.

Y si esto también forma parte de la manera en que estás acomodando mi vida, tendré que confiar.

Aunque no lo entienda.

Aunque me parezca injusto.

Aunque por ahora duela.

Porque tal vez la protección que pedí no siempre iba a sentirse como protección.

Tal vez algunas puertas iban a cerrarse de maneras que yo no habría elegido.

Y tal vez, algún día, miraré hacia atrás y entenderé por qué.

Por ahora solo puedo confiar en que Dios sabe lo que yo no sé.

Y seguir caminando.

Incluso si, en la historia de alguien más, me toca ser la mala.

Dios sabe quién soy.

Y quizá, por ahora, eso tenga que ser suficiente.