Flotaba su risa
en la terquedad del cemento:
una bicicleta de vestir,
su traje inmaterial.
Por las esquinas,
disperso de nidos,
sus dientes rechinan
cuando se saben descubiertos.
Mestizo de andanzas,
un electrón que perdió la rueda,
que nadie auxilió.
Un viaje de infinitos:
dos cuadras y otra mitad,
la rampa que devuelve
la soledad.
Hay tantas orejas
en esta ficción:
¿ser feliz será eso que oyen?
Pero en las yemas de sus dedos
murmuran fresias;
su tacto indolente,
son sus ojos
sin un corazón.
Estoy a la moda:
la miseria me hace vestir bien.