Antonio Portillo

Hombre que permanece


Nací donde la cal
devuelve demasiada luz a los ojos
y las madres remendaban el hambre
sin hilo suficiente.
Sevilla fue una calle de tierra,
un traje de marinero,
el olor de una sopa repartida
y aquel tren de tercera
que arrancó mi infancia de su sitio
para dejarla temblando
entre dos geografías.
Barcelona me enseñó
que también el humo tiene salario,
que las manos envejecen antes que el rostro
y que hay hombres capaces de sostener el mundo
sin que el mundo aprenda nunca sus nombres.
He conocido habitaciones
donde la noche interrogaba,
puertas que cerraban por dentro
y silencios con oficio de verdugo.
Pero no pudieron quitarme
la obstinación de mirar.
Amé como aman los que han perdido:
con los brazos alrededor del miedo,
protegiendo una llama pequeña
de todos los inviernos.
Fui esposo, padre, hermano,
refugio algunas veces,
otras veces tormenta,
y más de una vez naufragio
buscando a tientas su propia orilla.
También yo descendí
hasta el lugar donde la vida
apenas conservaba su nombre.
Allí encontré una palabra.
Después otra.
Y con sus huesos levanté un poema.
Ahora camino más despacio.
Llevo setenta años en los hombros,
dos tierras dentro del pecho
y algún gato regresando desde la noche
para recordarme que perderse
no siempre significa estar perdido.
Asturias me dio un paraíso
que aún conserva mis pisadas.
Barcelona, las paredes
contra las que aprendí a permanecer.
No soy el que venció.
Soy el que, después de cada golpe,
recogió del suelo su sombra,
le sacudió el polvo
y volvió a caminar con ella.
Antonio Portillo Spínola ©