No podía parecer sencillo estar rodeada de luces, en una ciudad que tenía edificios siempre de dos pisos.
Y tampoco parecía sencillo moverse en algún tipo de colectivo donde muchas personas vienen de compartir, de vivir, de reír...
Y en este sitio donde el viento hace volar sombreros, levanta las faldas de las señoritas, arranca los carteles de papel ya viejos en alguna pared, hace sacudir y tambalear a la gente por su fuerza y lo frío, es donde todo deja de ser extraño...
Donde la gente se mira con los ojos llenos de pasión, donde sus bocas se regocijan entre sí, donde hay abrazos desconocidos que se sienten esperanzadores, cuando ríen tomándose un café arriba de una pendiente, donde se quedan de ver para entregarse físicamente bajo un reloj grande que parece marcar la hora exacta.
Por supuesto que existía yo, divagando el pensamiento, tratando de encontrar un punto en aquellos placeres colectivos y no podía parecer sencillo estar rodeada de tanta belleza y divinidad, de luces, edificios con grandes ventanas y autobuses.
Y al mismo tiempo no existía, en la boca de nadie, en los ojos de nadie, ni siquiera en la memoria de alguien que me quisiera mucho. Y al mismo tiempo no existía mi sabor en nadie, ni había más lágrimas derramadas por mí, no había un \"te quiero\" aguardando para mí, no figuraba alguna memoria de mí.