Extraño cada palabra, cada momento compartido entre las manos y la obra,
esos intercambios que eran mucho más que trabajo: era el arte de crear juntos.
Extraño cómo me corregías, no para señalar, sino para hacer crecer,
para enseñarme a ver lo que mis ojos no alcanzaban,
para que cada pieza, cada detalle, fuera digno de lo que tú veías en mí.
Extraño tu voz... esa voz que era mi refugio y mi seguridad,
que cuando sonaba, la duda se iba y todo se volvía claro y firme.
Extraño cómo hacías que yo creyera, que creciera, que soñara más allá de mis límites,
porque tú viste en mí lo que ni yo mismo sabía que existía:
un potencial dormido, que solo tu mirada supo despertar.
Extraño la forma en que ves el mundo,
porque eres única y llevas un pincel en la mirada,
y todo lo que tocas, todo lo que miras, se vuelve bello,
se llena de luz, de alma, de ese toque tuyo que nadie más tiene.
Extraño no solo el trabajo, sino a ti,
a la que enseñaba, a la que guiaba, a la que veía belleza donde yo no la veía.
Porque fuiste mucho más que una compañera:
fuiste la mirada que me hizo ver, la voz que me dio confianza,
el alma que le dio sentido a cada cosa que creamos.
Y hoy, cada vez que toco la madera, cada vez que termino una obra,
te busco con la mirada... porque nada tiene el mismo brillo,
nada tiene el mismo sentido sin ti.