Dejé de ser poeta,
de hecho… nunca lo fui.
Dibujé con certeza
la tristeza
trazada con letras
y versos que colgaban
del almanaque.
Amé y fui amado
almacené traiciones
en bitácoras de vidrio
y, también lloré
¡Por qué no decirlo!
Le lloré a la muerte
y a un amor lejano
casi inalcanzable.
Pinté mis anhelos
en las paredes,
colgué metáforas
en cada árbol
y soñé estar dormido.