Mirarte es encontrar un idioma oculto
que solo puede leer el alma.
Tus ojos esconden una oscuridad
que me desafía a descifrar,
un misterio profundo
que parece guardar en silencio
todo aquello que nunca has dicho.
En tu sonrisa angelical
aún se mecen sueños
que se han negado a morir,
esperanzas que permanecen intactas
a pesar de las heridas
que el tiempo dejó sobre tu piel.
Hay un encanto celestial
en esa forma tuya de existir,
una manera de desafiar
la lógica humana
sin siquiera intentarlo.
En tu mirada serena,
en ocasiones,
pueden verse constelaciones de estrellas,
pequeños destellos de un universo
que parece existir únicamente
cuando bajas la guardia.
Hay un universo oculto en ti
que irradia luz,
aunque hayas aprendido
a esconderlo detrás de tus silencios.
Tu armadura,
esa que alguna vez debió protegerte,
hoy está desgastada por las batallas;
sus grietas dejan escapar
pequeños fragmentos de quien realmente eres.
Y quizá nadie lo note.
Quizá el mundo solo vea
al hombre que aprendió a resistir,
al que camina con firmeza,
al que parece no necesitar de nadie.
Pero yo he aprendido a mirar más allá.
He visto al ser humano
que se esconde detrás de la armadura,
al niño que alguna vez soñó sin miedo,
al hombre que guarda cicatrices
donde otros solo ven fortaleza.
Por eso mirarte
no es simplemente encontrarte.
Es intentar descifrar
ese universo que proteges,
recorrer con los ojos
las constelaciones de tu silencio
y descubrir, poco a poco,
que detrás de toda esa oscuridad
existe una luz
que nunca dejó de ser tuya.