No se trata de un rayo que nos parte el cielo,
ni de un pacto firmado con sangre y con furia,
este amor se parece más bien a los días comunes,
al abrigo gastado que nos salva del frío,
a la costumbre hermosa de sabernos cercados
por un mismo horizonte que inventamos juntos.
Miro tus manos quietas sobre la mesa de diario
y entiendo que no necesito mapas ni milagros,
me basta la certeza de tu paso lento en el pasillo,
el sonido casero de tu risa abriendo las ventanas
y esta complicidad sin tregua que nos tenemos,
donde las palabras sobran porque el silencio nos cuida.
Estás aquí, con tus flaquezas que también son mías,
lejos de las estatuas y de los héroes de mármol,
viva y vulnerable, desarmándome el orgullo.
Por eso te elijo cuando el mundo se vuelve hostil,
porque en tu pecho la vida se reconcilia conmigo
y el tiempo, de pronto, deja de ser una amenaza.
No es un delirio eterno ni una hoguera ciega,
es este muelle firme donde las olas descansan.
Un sentimiento de llovizna limpia sobre la tierra,
un boleto de ida hacia tu geografía de abrigo,
donde sé que, pase lo que pase en la calle,
mi trinchera más dulce siempre será tu mirada.