JordiCris ✍️

¿Por quién doblan las campanas Ernest?

Imagen real propiedad del autor modificada y creada por IA según (Art.50.1)
 
 
La culpa está entre Prometeo, Hemingway y yo.
 
Cómo Prometeo, yo, entregué el fuego
robado a los dioses, por segunda vez
¡no, a los hombres!
Si no, a las estatuas de sus alter egos;
y estas respondieron incubando océanos
dentro de cáscaras de almendras,
mientras el horizonte se peinaba
con un cepillo sin púas hecho de humo y viento.
 
Desafié a todos los dioses del Olimpo
con el descaro de un pulpo carterista o poeta,
robándoles el orgullo y la apreciada chispa
que cambió el sentido de las agujas de reloj de arena
del tiempo y del espacio, de la persistencia de la memoria
y de la propia historia.
 
Ahora, pagamos todos, justos por pecadores,
el descaro de los titanes y sus errores
y, por mi culpa, o la de Hemingway al emularlos
pagamos con el castigo de Prometeo que nos ha tocado,
que es estar en esta terraza solos y elucubrando
para vernos ambos parados y escribiendo
con tinta de pan quemado, una confesión al universo
por pensar que nuestros escritos y versos son palabras
nacidas para iluminar el universo.
 
Confesión en la que le pedimos perdón en cada verso
de modo inocente, o incluso de modo perverso,
a los hombres y mujeres desnudos de almas,
a las almas desnudas de hombres y mujeres;
a los pájaros de piedra que no vuelan
y a las piedras que vuelan como pájaros libres.
 
A los peces que nadan en desiertos de arena
y a las arenas de los desiertos que nadan bajo el agua
imitando a los peces de plata, secos y deshidratados
buscando mares limpios y no contaminados
para llegar a devolverles el fuego a las deidades.
 
Perdón a los árboles que escupen hojas
desde los colores ocres a todos los verdes
y a los verdes y ocres billetes que caen de los árboles
convertidos en monedas ficticias o dioses llamados bitcoins
que todo lo valen, pero no son ni dioses, ni billetes
sino algo que la gente aun no entiende, son mitología digital.
 
¡Tarde para el arrepentimiento! Cuando las sombras
ya se han bebido el licor de este y del tiempo
como si la sed pudiera doblar las campanas,
y, como si la noche fuera apenas,
el guante extraviado de un relámpago
qué sí sabe, por quién tañen y doblan estas.
 
Era Hemingway el titán, o era yo Hemingway y Prometeo
en aquella terraza del Hotel Perla de Pamplona
bebiendo pacharanes hechos de sangre de toros
o de tinta de unicornios vestidos de cebras
con pijamas en blanco y negro, como presidiarios,
y, yo, preso de mis propios pensamientos y mitología
con todos los cuentos cantados ahora por ranas que croan
consignas, soflamas y diatribas llevando corbatas
y trajes caros hechos de mentiras, manipulaciones y engaños
aquí estoy, bebiéndome la vida sorbo a sorbo escuchando el chupinazo
que dice que toca correr, que los cuernos de la vida nos persiguen.
 
Sea como fuere, o Prometeo, o yo, o Hemingway,
o los tres en uno solo, juntos los tres como en Fuenteovejuna
la cagamos al llevarnos la chispa del fuego inexistente
que alumbraba a tanta gente, desde cucarachas a las mariposas
haciéndoles de las cosas feas hermosas por culpa de dioses
que eran tan reales como el fuego del Olimpo. Todo, pura mentira.
 
Era yo sentando, hablando con Hemingway muerto, elucubrando
sobre lo humano y lo divino para llegar a la conclusión
que los menos culpables eran los dioses porque quizá los dioses
nunca existieron, pero nosotros seguimos pagando
las consecuencias de haber creído en ellos. Todo, pura mentira.
Solo fue un sueño estando despierto con un pacharán.
 
CRISPÍN,
Mi poesía
Poema nº52
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