Antonio Portillo

Lo que nadie se atrevió a vivir


Mi padre guardaba una maleta
debajo de la cama.
Nunca viajó con ella.
Algunas noches, sin embargo,
yo escuchaba trenes
cruzando por su sueño.
Era de cuero oscuro, con los bordes
gastados por la espera,
con dos broches de cobre que mordían el aire
como dos bocas mudas.
Había pertenecido a su padre,
y al padre de su padre,
una herencia sin sellos ni notarios
que pasaba de mano en mano.
A veces mi padre la sacaba
y pasaba un trapo por el cuero.
Cantaba algo muy bajo,
con la cabeza vuelta hacia la puerta.
Al oír nuestros pasos, se callaba.
El trapo seguía dando vueltas
sobre el mismo broche.
Ayer la traje al centro de mi cuarto.
Rompí el óxido manso de las cerraduras,
dispuesto a desenterrar las cartas,
los billetes vencidos,
las ropas de otra época.
La abrí con un temblor antiguo entre los dedos
y la encontré vacía.
Solo el forro de lino intacto,
las correas esperando sin abrochar,
el fondo liso donde cabría
una muda de ropa.
Pasé la mano por las esquinas desnudas
y sentí el metal frío de la hebilla
marcarse en la palma de mi piel.
Miré mis zapatos con los tacones
comidos hacia fuera,
la puerta entreabierta hacia la calle,
el billete de tren sobre la mesa
que todavía no tiene fecha.
Tomé el asa de cuero.
La levanté del suelo
y me quedé de pie en mitad del cuarto,
sin saber si la empuñaba para salir
o volvía a guardarla bajo la cama.
Antonio Portillo Spínola ©