Calidad de vida
Alguien con diplomas certifica
que ya no hay más para dar.
Esperan ver en tu rostro
el semblante de la angustia
previa a la agonía.
Vuelves años después, despacio,
como pidiendo perdón por existir.
Voltean la mirada con asombro:
¿Pero cómo, aún está?
(cinco años)
¿Qué la trae nuevamente?
(catorce despues)
Lo ignoro.
¿Chequeo? ¿Revisión, quizá?
O la pastillita mágica
que diga:
aún hay solución.
Miras sus rostros desconcertados.
Así es: más lenta,
menos oxígeno,
más puñaladas en el pecho
y, sin embargo, sonreís.
—Nos enfocaremos en su calidad.
(Omiten esta vez
la palabra cantidad).
Cables, cinta,
una puteada a la asistente de turno
que, por urgencia,
te trató mal.
—Tenga, este remedio le ayudará
a evitar la depresión...
—¿Cuál?
¡Si ya lo tengo resuelto!
—Por las dudas.
—No hace falta.
—Por su bien.
Es transición.
Y llega la niebla.
Para que no pienses.
Nadie te explica
los efectos secundarios:
no sentir,
no desear,
no pensar.
Meses de notar, indiferente,
que no eres tú.
Te están apagando.
Hasta que caes en cuenta:
tu mundo quedó patas arriba.
Un trozo de pollo
se ahogó sumergido en el acuario
mientras la salsa
dormía en un zapato.
Entonces dices:
¡Basta!
Eso no es calidad.
Es nublar
el último resquicio
de tu razón,
mientras tu corazón
marcha lento, involuntario.
Las pastillas se suicidan en el WC
y tú soportas la abstinencia.
Después, lentamente,
retomas las riendas
de tu mundo.
Y descubres
que prefieres el dolor físico
a la ausencia de realidad.
Si has de apagarte lentamente,
que sea lúcida,
contando chistes,
o quizá...
en un dulce sueño.
Pero siendo tú.
Siempre tú.