ronald tadeo ramirez elizalde

𝐀 𝐓Í, 𝐀𝐌𝐀𝐃𝐀 𝐃𝐄 𝐌𝐈 𝐂𝐎𝐑𝐀𝐙Ó𝐍

Bendito sea el día en que tu nombre descendió sobre mi vida como la primera lluvia sobre la tierra sedienta, porque desde aquella hora mi alma conoció una alegría que no había aprendido en los años y una esperanza que ninguna noche ha podido extinguir.

 

Antes de encontrarte, mis días eran como senderos que aguardaban la llegada del caminante. Mis manos estaban vacías sin saber qué esperaban, y mi corazón guardaba un silencio que solo tú podías traducir.

 

Mas llegaste tú, y la luz encontró un nuevo amanecer.

 

Desde entonces doy gracias por el misterio que te puso en mi camino, porque no creo que el amor sea obra del azar. Creo que fue sembrado mucho antes de que nuestros ojos aprendieran a reconocerse; fue escrito en el libro invisible donde los destinos se encuentran antes de que los hombres pronuncien su primer aliento.

 

Por eso no maldigo la distancia, pues también ella sirve al propósito del amor. Ella prueba la paciencia, fortalece la esperanza y enseña al corazón a permanecer fiel cuando solo puede abrazar con el recuerdo.

 

Amada mía, que nunca falte la luz en tus ojos ni la paz en tu espíritu. Que tus pasos sean firmes cuando el camino se vuelva difícil y que, aun en medio de la tormenta, encuentres refugio en la certeza de que existe un corazón que ora por tu felicidad aun desde lejos.

 

Si el viento rozara tu rostro, quisiera que llevara escondida una caricia nacida de mis manos. Si la lluvia descendiera sobre tus cabellos, quisiera que cada gota pronunciara en silencio cuánto te amo. Si las estrellas velaran tu descanso, pediría que una de ellas permaneciera despierta toda la noche para cuidar tus sueños.

 

Y cuando el cansancio visite tu alma, recuerda esto: no caminas sola. Allí donde tus fuerzas parezcan agotarse, mis pensamientos caminarán contigo. Allí donde el miedo quiera levantar su morada, mi esperanza levantará una lámpara para mostrarte el camino.

 

Porque tú eres para mí como el alba que vence a la noche; como la fuente que no deja de brotar en medio del desierto; como el árbol que permanece firme mientras los vientos cambian de dirección.

 

Mi corazón ha hecho contigo un pacto silencioso: permanecer fiel en la abundancia y en la escasez, en la cercanía y en la distancia, en la risa y en el llanto, hasta que los días se consuman y el tiempo entregue su último suspiro.

 

Y si el universo olvidara el curso de las estrellas, si el mar dejara de besar la arena y los montes perdieran su altura, aún permanecería en pie la promesa que hoy elevo desde lo más profundo de mi ser: amarte con un amor paciente, humilde y perseverante; un amor que no se alimenta del instante, sino de la eternidad.

 

Porque tú no eres solamente la mujer que amo.

 

Eres la plegaria que un día el cielo respondió sin pronunciar palabra.

 

Eres la promesa que la esperanza custodió durante largos inviernos.

 

Eres el descanso de mis búsquedas, la alegría de mis amaneceres y el hogar donde mi alma reconoce, al fin, que ha llegado al lugar para el cual fue creada.

 

Y mientras exista aliento en mi pecho, bendeciré el don de tu existencia. Mientras mis ojos puedan contemplar la luz, buscarán la tuya. Mientras mi corazón conserve un solo latido, ese latido llevará grabado tu nombre.

 

Y cuando los años hayan pasado y el tiempo se incline ante la eternidad, deseo que aún podamos mirarnos con el mismo asombro del primer día y decir, con el corazón lleno de gratitud:

 

Grande fue el amor que nos sostuvo. Grande fue la esperanza que nos guardó. Y más grande aún fue la gracia de habernos encontrado.