Sebas 1987

El exilio de los buscadores de luciƩrnagas

 

 

Exilio de los buscadores de luciérnagas

 

Bahamas, luego de ajustar su belleza,

tomó su ferry en montajes iluminados con el adiós; rezó dos veces a capela por superstición y le dejó un beso en la camisa a su frívolo amor.

Por otro lado, enderezó su vida y a martillazos contrajo la cólera contra su coctelera.  

En las columnas escribió un día: «Me sobran los reveses, esta ya no sé si es mi piel».

Fride, por su parte, se apasionó con los sustantivos y los dientes de Europa. 

Se llevó oscuridad en medidas no perjudiciales, libros, y con ellos espejismos de cada palabra que antes gustosa cedía. 

Ahora (y no por el presente), un poco menos veloz, sus manos secan la fragosidad de su ciudad huida. 

Nathan moría a diario todas las noches,

lo vi afiebrado,

deshecho,

hermético,

caótico,

cuajado;

noches que no acordaría jamás con la relojería.

Su destino era de izquierda, 

de estrella bordada, 

con el más férreo hilo rojo. 

Higuera de rodillas lloró al llegar, 

ya que se dio cuenta de que después de los años noventa las únicas traiciones que valían la pena asumir eran por guita.

Todos juntos buscaron luciérnagas,

todos juntos en el animal del cuarzo antiguo y la fragua,

sin cargar bolsillos, sin dormir. 

La noche les cerraba los ojos, les apagaba la luz y las sienes.  

El tiempo fue la linea blanca cortada

Una ilusion etilica 

una bohemia sustentable

luego de ellos 

 nadie buscó luciérnagas, ya que la luz fue ofrecida gratuitamente como ceguera de mártir