Sentado en el infinito silencioso del crepúsculo,
sonrío con muda impaciencia ante la noche.
La luna asoma su sonrisa
y el cielo, poco a poco estrellado, me arropa.
Sigo la necesidad de amar
y suspirando, mi pecho delata su ausencia.
¿Qué es extrañar?
Tal vez sea el dolor de una distancia incierta
donde las sonrisas se vuelven niebla
que trae frío a la piel.
Mis manos son una cruel evocación del pasado;
allí se quedaron, en ese instante
en que eran guías de un sendero ciego desbordado de pasión,
donde el amor fue el cauce de un río que ya no regresa.
Soy inútil ante la envidia y el odio
que se apoderan de mis silencios,
pero mi voluntad, vestida de gala, renueva mi fe cada día,
y el amor florece como si la primavera nunca se hubiera ido.
Son retazos de estos sentimientos extraordinarios
que dan alas en las noches a esta alma incapaz de rendirse.
Hecha de fuego, pero incapaz de quemar,
hecha de hielo, pero aun así amando cada detalle
de este universo donde mi cuerpo mora.
Soy esto,
tal vez poco, tal vez mucho,
pero soy y elijo serlo.