Corren las imágenes
y el sonido raspa el celuloide
que va rodando hacia el silencio.
Cabalgan las escenas
de un cinematógrafo melancólico
que tiene un estelar
en cinemascope.
Es la magia de las butacas llenas
sin los permisos de los besos respectivos
y la desazón de un suspiro
que partió en el “The End”
de un infinito de color azul.