Vio tanto desorden, respiró profundo.
Recogió, de rincones descuidados,
todo eso que ya no usaba.
Abrió la caja y apartó:
el manojo de gritos mudos,
un puñado mañanas que no llegarían,
fragmentos de promesas rotas,
propias y ajenas,
la pila de recuerdos sepias.
Y así, sin más, los dejó ir por tu mejilla.