Entro en el poema
como quien penetra
un recinto de penumbra.
Palpo una palabra.
Está tibia.
Palpo otra:
cede su hendidura.
Entonces comprendo
que escribir no es decir,
sino rozar
lo que aún persevera
en lo innominado.
El poema respira
con su aliento tácito.
Yo también.
Y por un instante
la escritura se vuelve
un palimpsesto de mí:
ya no sé
si lo escribo
o me escribe.
Daniel Omar Cignacco © 2026
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