LOURDES TARRATS

DOÑA ROSA SÁNCHEZ ÁVILA

 

Señora Doña Rosa,

mujer de mirada
de miel dorada,
de coraje firme
y sereno.

Madre de ocho raíces,
ocho caminos nacidos
de la misma tierra,
y buen ejemplo
de voz que aliviaba
y de mano abierta
para quien buscaba
un poco de paz
en su canto.

Cuánto de usted
camina todavía
en este poeta,
en este médico.

Cuánto de aquella mujer
que supo sembrar ternura
permanece en las manos
que hoy curan
y en las palabras
que todavía saben sanar.

Hoy le doy las gracias,
mi Señora,

por la verdad de su semilla,
por la luz que dejó sembrada,
por haberle regalado al mundo,
en su hijo,
un hombre de palabra limpia;

un hombre que sana la carne
cuando cura
y conquista almas
cuando escribe.

Porque quizá una madre
no se va del todo.

Se queda en las manos
que aprendieron a cuidar,
en la voz que aprendió
a consolar,
en la bondad que otros reciben
sin saber de dónde viene.

Desde aquel febrero
de dos mil once,
en que su luz
cambió de sitio,

sé que usted contempla
la siembra.

Y quizá sonríe
al reconocer en su hijo
algo de aquella semilla
que un día puso en la tierra.

Porque hay madres
que no se van:

se quedan en el bien
que han dejado,

en la ternura
con que otros caminan,

en cada vida que tocan
las manos de sus hijos,

y en ese amor intacto
que, aun después de tantos años,
continúa latiendo
en sus pasos.

Epílogo

Gracias, Señora mía,

por este obsequio de amor.

Gracias por la semilla
que no dejó de crecer,

por la luz
que cambió de sitio
sin dejar de alumbrar.

Y por enseñarnos,
sin decir una palabra,
que una madre permanece
allí donde su amor
ha aprendido a vivir.

Lourdes Tarrats

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