Fui la tormenta errante por los bares del mundo,
el polvo del camino, las copas derramadas,
el enjambre de risas sin nombre y sin destino
que ardió en fiestas efímeras buscando una verdad.
Pero todo era apenas un presagio,
un aullido en la noche antes de tu llegada.
Ahora te amo con esta sangre nueva y encendida,
con una pasión limpia que no pide rescate:
mi boca se emborracha en el puerto de tu cuello
y no hay viaje más salvaje que perderse en tu cuerpo.
En ti soy raíz y soy relámpago,
un volcán entregado a la paz de tu carne.
Tuyo es este furor que me calma y me abrasa,
esta felicidad desnuda y torrencial
donde amarte es el único milagro de la tierra.