Antonio Portillo

La buena marcha del mundo


Sabe cuándo sonreír, cuánto debe inclinarse hacia quien llora, en qué lugar del hombro conviene descansar la mano.
Después entra en la sala. Sobre la mesa hay agua, un mapa, un informe que cabe entre dos dedos.
El río es una línea. No están las mujeres que lavan en su orilla ni el pez abriéndose bajo el agua como una pequeña quemadura.
Pregunta cuánto cuesta detener la fábrica. Le responden. Pregunta cuánto cuesta la sanción. Acerca la pluma.
A miles de kilómetros, una madre deja correr el grifo, llena un vaso, lo mira contra la luz.
Él escucha las cifras. Al llegar a los muertos, pide que redondeen. Hay demasiado texto en la pantalla.
Alguien intenta pronunciar un nombre. La reunión se alarga. Él consulta el reloj y ofrece su sonrisa al siguiente.
Al terminar, lo aplauden. Las copas llevan agua de otro río.
Un muchacho se queda junto a él. Lleva un cuaderno abierto. Le pregunta qué hace falta para llegar tan lejos.
Él le acomoda el nudo de la corbata.
El muchacho vuelve a su sitio. Alisa con la palma una esquina doblada.
Durante un momento el bolígrafo descansa sobre el papel.
Donde había escrito los nombres deja una cifra.

 

Antonio Portillo Spinola ©