Entonces me escondo en la soberbia de las letras de esa carta que no leíste,
en la sombra de palabras que no reconozco.
Dame la señal de que aún me escuchas,
de que conservas el pulso de aquel beso
encubierto de madrugadas,
de que guardas en tus manos las primeras caricias.
Me debato entre sábanas frías,
entre la brisa del ayer y su vorágine lenta.
¿Estás aún por ahí?
Sonríes bajo, para que apenas pueda sentirte.
Me miras en la distancia,
perceptiblemente imperceptible, pero lo entiendo:
en el reflejo de lo que callas, para mí lo dices todo.
Se desvanece tu sombra y la busco en las paredes;
mido el espacio de tu lado de la cama.
Cartas viejas,
trazos gastados,
latidos a medias.
Estás.
¿Estás aún por ahí?