Como un autito a cuerda corre y salta
a mi lado.
Me acompaña en mi lento caminar,
se detiene,
picotea.
Corre y salta otra vez, me mira
(¿Se despide?)
y vuela.
Allá está, arriba, entre las ramas desnudas.
Se arremanga,
toce, aclara la garganta y trina.
De a poco se va adueñando de calles,
veredas
y jardines.
Miro mi reloj y son las diez.
No existe nada más que su trino.
La mañana ya le pertenece.
Derechos reservados por Ruben Maldonado.