Eres un verso que le escribí al cielo,
una historia que nunca tuvo punto final.
Nunca te lo dije,
pero besarte fue descifrar un misterio;
en tus labios encontré la paz
que el mundo me quiso quitar.
En aquellos ojos tranquilos como el mar,
me perdí.
Quizás por eso todavía te recuerdo.
Porque no fuiste simplemente alguien
que pasó por mi vida;
fuiste esa coincidencia extraña
que llegó cuando yo ya había dejado
de esperar milagros.
Te quise.
Dios sabe cuánto.
Te quise con esa parte de mí
que no sabe amar a medias,
con la ternura que no se aprende,
con el miedo de perderte
incluso antes de tenerte.
Construí futuros en silencio,
imaginé mañanas donde tu mano
seguía buscando la mía,
y llegué a creer
que aquella historia podía vencer
todo aquello que intentaba separarnos.
Pero la vida también tiene
sus propias versiones del amor.
A veces dos personas se encuentran,
se reconocen,
se desean,
se hacen bien…
y aun así,
no puede ser.
Y esa es quizá
la forma más cruel de la nostalgia:
saber que pudo ser,
recordar que fue hermoso
y tener que aprender
a vivir con aquello
que nunca llegó a convertirse
en nuestra vida.
Hoy no te reclamo.
No le reprocho al tiempo
habernos llevado por caminos distintos.
Solo guardo lo vivido
en ese lugar secreto del alma
donde permanecen las cosas
que fueron demasiado hermosas
para convertirse en olvido.
Si alguna vez me recuerdas,
ojalá no pienses en lo que no pudo ser.
Recuerda mi mirada,
aquella que te contemplaba
como si hubiera encontrado
su lugar en el universo.
Recuerda que hubo alguien
que te quiso de verdad,
sin condiciones,
sin saber cuánto duraría el viaje.
Y si alguna noche
el silencio pronuncia mi nombre,
no tengas miedo de recordarme.
Yo también te recordaré.
Porque hay amores
que no terminan cuando se van;
simplemente cambian de habitación
y comienzan a vivir
en la memoria.
Tú vivirás allí.
No como una herida,
sino como ese hermoso imposible
que alguna vez sostuvo mi corazón.
Y aunque nunca fuimos
todo lo que soñé,
fuiste suficiente para enseñarme
que un instante puede contener
la eternidad.
Por eso,
si alguna vez me preguntas
qué fuiste para mí,
no sabré darte una respuesta sencilla.
Solo podré decirte:
fuiste el verso
que le escribí al cielo,
la historia que nunca tuvo punto final,
el amor que no pudo ser…
pero que,
por alguna razón inexplicable,
todavía vive
en mí.