José Mario Calero Vizcaíno

LAS COSAS SIMPLES

Hoy recordé lo hermoso que es
vivir.

Hoy recordé
que el aire que respiramos
no tiene precio
y que, si tenemos la fortuna,
podemos respirar aire puro.

Hoy recordé
lo hermoso que es estar acompañado
por quienes forman nuestra familia,
por aquellos con quienes compartimos
el afecto y la vida.

Hoy recordé
lo especial que es abrazar
a una persona cercana
y, sin necesidad de palabras,
demostrarle cuánto la queremos.

Hoy recordé
la vitalidad del cuerpo humano:
salir a caminar,
poner el cuerpo en movimiento,
sentir los músculos despertar
y celebrar que todavía podemos avanzar.

Hoy recordé
lo delicioso que puede ser un alimento.
No necesita ser extravagante
ni sofisticado:
a veces basta el pan,
una fruta,
un plato sencillo
que calme el hambre.

Hoy recordé
lo bueno que es beber agua
y el privilegio de vivir en un lugar
donde todavía es posible
abrir un grifo
y beber agua limpia.

Hoy recordé
la dicha de dormir acompañado,
de sentir otra respiración cercana
y saber que la vida cotidiana,
cuando se comparte,
puede escapar de la monotonía.

Hoy recordé
lo hermoso que puede ser
detenerse ante el espectáculo cromático
de una puesta de sol
y contemplar cómo el cielo
se transforma lentamente
ante nuestros ojos.

Hoy recordé
el valor del afecto y la compañía
que nos ofrece una mascota
noble y fiel,
sin exigirnos casi nada a cambio,
salvo nuestra presencia
y nuestro cariño.

¡Hoy recordé lo hermoso que es
vivir!

No hace falta demasiado
para ser feliz.

A veces basta con habitar el presente,
recibirlo como viene
y conservar los ojos abiertos
para descubrir la belleza
de las cosas simples.

Las cosas simples de la vida
suelen ser gratuitas,
pero saber reconocerlas,
valorarlas
y disfrutarlas
no tiene precio.

Cuando nos embarcamos
en las aventuras de nuestras ambiciones,
cuando corremos detrás de aquello
que todavía no hemos alcanzado,
a veces olvidamos
lo hermoso que es vivir.

Nuestros sentidos se adormecen
bajo el peso de las frustraciones,
de las expectativas
y de las ambiciones insatisfechas.

Pero la vida, en esencia,
es sencilla.

Los animales salvajes
no conocen el lujo
ni la extravagancia.
Despiertan, buscan alimento,
se protegen, descansan,
se reproducen, sobreviven.

Y, sin saberlo,
habitan plenamente el presente.

Su existencia también es un milagro.

A veces necesitamos detenernos
en medio del ajetreo,
apartarnos por un instante
de la persecución de nuestras ambiciones
y recordar
lo extraordinario que es estar vivos.

Respirar.

Caminar.

Abrazar.

Beber agua.

Compartir el alimento.

Contemplar el cielo.

Amar.

Ser amado.

Y agradecer, sencillamente,
cada instante.

¡Estoy vivo!

¡Sigo fuerte!

¡Soy hombre!

¡Soy libre!

¡Nadie me dice lo que tengo que hacer!

¡Tengo una familia!

¡Tengo esposa!

¡Tengo hija!

¡Puedo satisfacer nuestras necesidades esenciales!

¡Puedo amar y ser amado!

Y, a veces,
¡puedo transformar lo que siento
en expresión artística!

¡Sé disfrutar de la vida!

Y hoy, una vez más,
he recordado
que no necesito poseer el mundo
para sentirme afortunado:

me basta con estar aquí,
con estar vivo
y con saber reconocer
la inmensa belleza
de las cosas simples.

José Mario Calero Vizcaíno