Dejé la puerta abierta
libre de torpezas
y de mis habituales descuidos,
fue a conciencia
y sin embargo
a esta hora de la tarde
aún nadie llega.
Dicen en las calles:
que el miedo es uno entre ellos,
que anda bien peinado,
un poquito mejor vestido.
Dicen que el régimen
se nos hizo costumbre
y no ha encerrado a todos sus demonios
y que todavía arrodillados
desgranamos los mismos rosarios
pero a diferentes santos.
Y tienen razón.
Pero a estas alturas
ya no me quita el sueño
uno que otro ladrón
asomándose a la ventana.
La verdad, uno aprende.
Aprende a dormir con el alboroto del barrio,
a desconfiar de los pasos en la vereda,
a esconder lo valioso
donde nadie logre encontrarlo.
Pero hay ausencias
para las que uno no está hecho.
Por eso
me desarma que no llegués nunca,
aún sabiendo que la puerta sigue abierta
y que me paso los días en la misma mesa,
escribiéndote a deshoras
y gastándome los ojos en la ventana.
Mientras tanto, el frío, el polvo
entran a casa con la bondad del viento
se acomodan en los rincones
y en los cuartos, se posan en la mesa
y hasta en las palmas de mis manos.
Y yo sigo esperando,
confundiendo la espera con la esperanza
hasta que un día de estos
el olvido entre y se siente a charlar conmigo
a lo mejor encuentra argumentos para convencerme
de que las horas irremediablemente llegan
y que no queda más
que irse solo.
Capaz que ese día al fin entrés
y yo ya no esté aquí para recibirte.
Pero entonces, decíme:
¿quién va a convencer al olvido
de que esta casa todavía es tuya?