Carlos Baldelomar

+ AUSENCIAS PELIGROSAS +

Dejé la puerta abierta.
Pero no fue mi torpeza de siempre
ni descuido: fue adrede.
Y sin embargo, nadie entra.

Dicen en la calle que el miedo anda suelto,
disfrazado, un poquito mejor vestido.
Que el régimen de tantos años no ha encerrado a todos sus demonios
y que todavía estamos en las mismas.

Puede ser. Pero a estas alturas
ya no me asustan los ladrones en la ventana.

Uno aprende.

Aprende a dormir con el alboroto del barrio,
a recelar de los pasos en la vereda,
a guardar lo valioso donde nadie lo encuentra.

Pero hay ausencias para las que no existe una escuela.

Por eso me da pánico que no llegues nunca,
sabiendo que la puerta sigue abierta
y que me paso los días en la misma mesa,
escribiéndote a deshoras.

Mientras tanto, el frío y el polvo
entra con la bondad del viento.
Y yo sigo esperando,
confundiendo la espera con la esperanza
hasta que un buen día entre el olvido
y me convenza de irme.

Capaz que ese día al fin entrés y yo ya no esté.
Pero entonces, decíme:
¿quién va a convencer al olvido
de que esta casa todavía es tuya?