Escupí mi corazón,
tenía malos presagios,
el tilo se enfriaba
y mi cabeza era
cuerda y precipicio.
A veces presiento,
otras me ausento y soy esfera:
un cuerpo de metal,
mi propio ataúd.
Un pensamiento indigestado,
la Vía Láctea en mal estado,
no lleva fecha de caducidad.
La voluntad estrena chaleco,
y el pasillo se sienta a esperar
cómo muere el picaporte al fin.
El mago empeñó la galera
y la paloma huyó,
el día que el conejo
se vistió de estómago.
El ábaco no hará llover:
por más que sumes y restes,
no hay gotas ni sudor.
Una corbata a plomo
no oculta la falsa escuadra:
los ángulos de mi interior.
Perdón: la cuerda se cortó
y olvidé tender la razón.