La casa había ensayado otra infancia
para cuando yo volviera.
Había puesto una pátina de cera y de milagro
sobre el pino del comedor:
la mesa jura que alcanzaba el pan,
que jamás faltó un plato hondo para nadie,
que los inviernos cabían enteros
en la hondura tibia de una sopera.
La puerta del pasillo se abre dócil,
suavizada por un aceite cómplice y reciente;
niega el cerrojo, niega la llave girada dos veces,
niega haber sido un muro de nogal
entre la cólera de los mayores
y el temblor de mis rodillas.
En el fondo del vestíbulo,
el espejo ofrece una réplica impecable:
guarda en su azogue al hijo que no fui,
un muchacho de mejillas intactas
que jamás se mordió los labios en la sombra,
que nunca conoció el salitre
ni aprendió a respirar sin hacer ruido.
Sobre la cómoda, una fotografía
junta nuestros hombros bajo el mismo verano.
El marco termina
antes de la puerta abierta de madrugada.
Pero en el ángulo ciego de la cocina,
a medio camino entre el grifo y la penumbra,
duerme la baldosa rota.
No la cambiaron.
Sigue allí, partida en dos por el impacto
de aquel vaso arrojado a medianoche.
Guarda la grieta exacta,
el diente afilado de arcilla
y una veta oscura en la juntura
que aún atraviesa el blanco de la lejía.
Bajo la suela de mi zapato
cruje apenas.
Toda la casa
pierde su coartada.
Antonio Portillo Spínola ©