El Pedestal
Me apedreo el ego
desde la vitrina de esta vida:
no vaya a ser que confunda
la altura del pedestal
con la estatura del hombre.
Conozco esa arquitectura:
primero el aplauso,
después la reverencia,
y al final ese pequeño dios
que se instala en el espejo.
No quiero esa falsa humildad
que agacha la cabeza
mientras cuenta cuántos ojos
la están mirando,
ni esa humildad de yeso
que baja los ojos
mientras afila el oído
esperando el elogio.
He visto al ego
ponerse sandalias de santo
y caminar descalzo
sobre los aplausos.
Por eso, cuando me elogian,
procuro sospechar de mí.
No porque el elogio sea mentira,
sino porque mi vanidad
tiene una memoria excelente
y aprende demasiado rápido
los caminos hacia el trono.
Si alguna vez me ves
hablando demasiado de mi grandeza,
hazme un favor:
no me contradigas.
Ríete.
Y si eso no basta,
lánzame una piedra.
No hay mejor medicina
para un hombre que se cree montaña
que verlo derretirse
como la nieve
que presumía de eterna.
Yo prefiero caminar sin pedestal,
con los zapatos llenos de barro,
la palabra sin corona
y el espejo un poco roto.
Porque quizá la verdadera humildad
no consiste en hacerse pequeño,
sino en dejar de necesitar
sentirse grande.