Recuerdo el trompo,
las canicas,
mi bicicleta entre los cultivos
de cebolla china.
Recuerdo las acequias
de aquella antigua hacienda,
los peces pequeños
que pescábamos al caer la tarde.
Hoy ya no queda nada.
Unos se fueron por una bala,
otros cruzaron el mar.
Y yo sigo aquí,
mirando un barrio
que ya no se parece
al lugar donde fui niño.
Ya no hay cultivos,
solo el mar viejo
que a veces todavía llama
con fuerza,
como si recordara
que alguna vez
tuvo algo que cuidar.