Me duele fingir una calma que no siento y asegurarte que todo marcha bien, cuando en realidad mi mundo se desmorona por dentro. Sin ti, nada está bien. Tu ausencia se ha transformado en un vacío tan denso que me consume poco a poco; no pasa un solo segundo sin que tu recuerdo me invada, ni un instante en que no sienta la necesidad ardiente de tenerte a mi lado.
Lo que más me pesa y me quiebra es este silencio impuesto: la impotencia de no poder decirte a gritos cuánto te extraño y la falta inmensa que me haces. Anhelo compartir el tiempo contigo, tejer las horas en conversaciones infinitas —de lo más profundo a lo más cotidiano— disfrutando del tibio refugio de un café y de la luz de tu mirada.