La quietud donde el eco se detiene,
anclado al sonido, da su batalla,
surge una voz que a la razón sostiene,
como un trueno sordo que la mente halla.
Es el fragor que del silencio viene,
y en su refugio la conciencia encalla.
Allí el alma contempla su figura,
y en ese abismo de la paz sincera,
está la verdad que el ruido conjura
la reflexión que el corazón venera.
En el silencio la razón madura,
y el humano su esencia recupera.
En el mutismo, el afecto se muere,
la dulce voz detiene su batalla,
surge un rencor que la mente prefiere;
un trueno sordo que en el pecho estalla.
Es el barullo del látigo que hiere
y un largo muro la verdad acalla.
Entonces su amor contempla la ruina,
en ese abismo de la duda fría;
y el peso del rencor tras la cortina,
con amarga pena el desdén envía.
En silencio el desencanto cocina,
la fuerza de aquel amor que se enfría.