Piedad, por el hombre, la tierra, el oro,
por los muertos que encubren el mundo,
quienes sin voz ni fé quedaron mudos,
y en eso perdieron más su rostro.
Tomad mis ojos, la savia de noches
y noches, que bebe el único sol,
blanco y pequeño, cual ya difusor
de la sangre y la muerte del hombre.
Guardad mi corazón entre sus dedos,
con cada mano troceada de tierra,
y en mi latido cuajo, un miedo
una madera, una astilla pequeña
se ensarta, sin olvido ni tiempo,
en los ojos tristes, los años, la niebla.