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Fin del mundo.

A toda hora   

estuviste matándome.  

Siempre en medio   

de un incendio mineral,  

esquivando tumultos de injusticias 

con buena puntería.  

 

Tu silencio vivió a sus anchas en mi oído, 

entonces estreché  

las manos frías  

de todas las piedras,  

mojé mis pies sobre cuestionamientos eviscerados, 

por infinitas despedidas de cobre.  

  

¡No logré ser sin que la tierra me reclamara como a una hija muerta!  

En el griterío de todos los caminos 

iba ciega,  

herbolaria,  

bebiendo siempre del pozo  

el agua contaminada  

de antiguas promesas. 

 

Lejos de tu nombre 

un día construí un nido parasitario, 

con ramas de atormentadas enredaderas,  

nacidas en un parto de tallos  

que todavía nos observa.