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Preguntas A La Luz De Un Árbol

 


Un árbol, un árbol. Un árbol es una planta grande. Eso puede decirlo cualquiera si lo miramos con ojos de niño, con ojos de asombro. 

Y sí, así de sencillo: un árbol es una planta grande. Y sin embargo, cuanto más sabemos de él -y cuánto nos falta quizás-, cuanto más ha aportado la ciencia inclusive a su comprensión y a su integración con el todo, con el bosque, con nosotros, con la vida, con el universo, ¡más parece todavía crecer aquello que nos maravilla! 

El árbol es una planta grande, sí. 

Tiene raíces, tiene troncos, tiene ramas, tiene hojas. Vive porque toma agua de la tierra, porque recibe la luz del sol maravillosa, omnipresente. Intercambia gases con la atmósfera; que lo abraza a la vez, que lo rodea, que lo alimenta. 

Crece, se reproduce .. y un día, un día muere. 

Todo esto dicho así ya sugiere una cierta magia, una realidad vista a la vez desde la explicación y desde el corazón. Todo ello parece perfectamente explicable a los ojos de la ciencia, y sin embargo, ¡cuánto hay que sabemos y cuánto todavía que apenas intuimos, que está más allá de nuestra verdadera y cabal comprensión! 

Quizás haya que acercarse un poco más, y no solamente en cuanto a distancia, sino también en el alma, en el espíritu. 

Porque esa planta grande que un niño así lo puede ver, la que conoce, la que abraza, la que siente que vive por sus luces y por su sombra; esa realiza silenciosamente un proceso vital que la ciencia ha ido descubriendo durante años, décadas y siglos. 

Y algunos árboles en particular realizan ese proceso durante tanto tiempo que llegan a ser milenarios, testigos vivos de épocas, de acontecimientos y hasta de civilizaciones que ningún ser humano individual pudo contemplar por sí en toda su extensión.

Esa planta grande toma del aire algo que no vemos. 
Bebe agua también, la que alguna vez fue lluvia, antes fue nube, después quizás río y acaso al final océano, continuando así con un ciclo mucho mayor que ella misma. 
También recibe pequeñas cantidades de minerales de la tierra, los que ya estaban allí antes de que esa planta existiera, antes de que la semilla siquiera germinara y que comenzara su vida. 

Y un árbol abre sus hojas y así, así se abre a la vida, a la existencia; apenas replegándose a veces y temporariamente ante el frío del invierno o siguiendo los ritmos propios de su propia especie. 
Abre sus hojas al cielo, a una estrella situada a millones de kilómetros, a la que llamamos Sol, una que es una entre incontables estrellas y que sin embargo está allí, justo a la distancia correcta y en las condiciones que han hecho posibles que existamos todos. 

El árbol, tú y yo.

Y con todo esto se hace un árbol, un árbol nace a la vida con todo esto: y se hace un árbol a la vida. 

Porque al árbol no lo construye nadie con sus propias manos: se hace desde la naturaleza, se hace desde sí mismo o desde la forma creadora que cada uno elija para nombrar a Dios. 
Y se hace madera y se vuelve corteza y cría raíces y a hija ramas y expone hojas, ahora brinda flores y también frutos y hace sombra, hace refugio, hace paisaje, hace cobijo y hace también hogar. 

Pensando en el árbol y en todas sus facetas casi que podríamos decir que para vivir él toma aire, toma agua, toma tierra y toma sol ¡y mágicamente mediante una receta que parece venir escrita desde quien sabe dónde, hace lo necesario y se convierte en árbol! Es decir en vida: en aquello que cuando niños se resumía diciendo es una planta grande. 

La ciencia claro que sí, tiene palabras más exactas para explicarlo por supuesto y bien que esas palabras son maravillosas en sí mismas porque también ellas nos permiten aproximarnos a la maravilla que existe alrededor de nosotros. 

La ciencia habla de dióxido de carbón, nos explica la fotosíntesis, nos muestra la enorme significación de la energía química, de la celulosa, de la lignina, de los nutrientes y de tantos procesos que hemos aprendido a descubrir y a describir y esa conversión natural maravillosa termina cuajando, cristalizando en algo que está frente a nosotros, plantado, firme, erecto, vivo: el árbol. 

Y comenzamos entonces a advertir cuánto compartimos con él, en el ciclo que vivimos todos y en la maravilla de la que también todos forman parte, quizás también con todo lo demás que existe a nuestro alrededor, nos evidencia; nos hace patente que somos parte de un todo, que somos diferentes en apariencia, en morfología, en funciones y sobre todo en conciencia, diferentes al punto de llamarnos a nosotros mismos seres humanos y no plantas, y sin embargo en definitiva todos somos seres vivos, todos hechos de la misma materia fundamental. 

Las palabras son palabras y la ciencia es la ciencia y ambas son parte de la riqueza que disfrutamos y que hemos creado para comprenderla, pero después de la explicación la maravilla sigue allí y como tal: sea en el árbol, sea en nosotros, sea en el aire, sea en la tierra, en los seres vivos y también en aquellos que habiendo sido, ya no están, y que se han transformado ya en otra cosa: una parte sustancial de esa madera maravillosa que podemos percibir a abrazar un árbol, al tocar su corteza, al golpear con nuestros nudillos esa materia dura, noble y fuerte que a veces se yergue durante siglos y que fue alguna vez por decirlo así, carbón suspendido invisible en la atmósfera y que ahora tal aire se ha vuelto materia. 

El mismo aire que con suavidad y con tibieza nos abraza en primavera, el mismo aire fresco que buscamos bajo un cobijo en el verano caluroso. Y pensar que la energía que ayudó a construir esa maravilla, esa madera y todo llegó en forma de luz, de luz solar: de luz del sol. 

El árbol no contiene luz, claro que no, pero sí que contiene historia de luz; historia de luz y también de estaciones, de temporadas, de sequías; de lluvias y de acontecimientos climáticos incluso, que van dejando sus rastros en sus anillos, en su corteza y en su historia toda. 
No, claro que no, el árbol no contiene luz exactamente, pero sí, ¡casi que sí! Y a veces ese \"casi\" que proviene de nuestra necesidad de discernir y diferenciar, ese casi es el pequeño espacio que necesita la poesía para asomarse con su impronta a una verdad y sin tener que medirla. 

El tiempo pasa, los años pasan, las cosas suceden, las épocas se presentan y mutan; ¿y el árbol?, y el árbol crece, vive, crece sin moverse de su sitio. Y sin embargo ¡cuánto viaja! 
No viaja solamente por el tiempo sino que también viaja más allá de sí mismo: porque el árbol no, no termina en el árbol: en su proceso vital se desvive brindando sombra, aroma, flores, quizás frutos, abrigo, madera para nuestro fuego cotidiano; y sobre todo belleza, belleza para nuestro espíritu. 

Así, va dejando parte de su historia escrita hacia adentro y hacia afuera. 

Nos habla todavía en silencio de estaciones favorables que hubo, que vivió; de viejas sequías, de heridas y de abundancias vitales; de dificultades que sobrellevó y que sin embargo hoy lo encuentran todavía allí: aquí, siendo una planta grande, engrandecida y bien plantada, continuando orgullosamente su vida. 

En muchos árboles ese crecimiento va envolviendo lo anterior hasta convertir el tronco en una suerte de memoria impresa en madera de su propia existencia, de su contexto. 

Y mientras vive el árbol, el árbol recibe pero también devuelve, devuelve oxígeno como parte de ese maravilloso ciclo que contribuye a hacer posible nuestra propia existencia. 
Devuelve vapor de agua, devuelve materia orgánica, da frutos, semillas, da hojas; modifica la luz debajo de sus ramas y la humedad a su alrededor, convirtiéndose así en un pequeño mundo que contribuye a que muchas otras especies existan y subsistan. 

El árbol alimenta vidas que acaso nunca sabrá que existen; y cuando finalmente muere o cae, tampoco se termina del todo, no del todo. 

El árbol puede morir de pie, puede caer por el tiempo, por el clima o por la mano humana, pero continúa formando sin embargo parte de todo esto: de este Todo. 

Pierde quizás aquello que reconoceríamos como su identidad de, y comienza a la vez simplemente a seguir siendo: pero de otras maneras. 
Pasa a ser madera, puede ser aserrín, puede ser papel, puede convertirse en fuego; o permanecer allí y comenzar alguna otra transformación. 

Sean hongos, insectos o bacterias, suelo, atmósfera u otras plantas u otras vidas, todas ellas continúan aquella historia. 

Una vida que se desvive en vida entonces, la del árbol, en donde la materia cambia de forma pero continúa, continúa como vida y todavía con todo esto ¡el árbol cuenta apenas una parte de la historia!

Hay que retroceder algunos pasos para verlo mejor y para comprender nuevas dimensiones: para mirar alrededor y allí enseguida aparece inmediatamente el bosque: es el bosque el todo, ya no solamente un árbol sino muchos, y con ellos conformando una trama de innumerables relaciones. El bosque con los árboles y con sus raíces que penetran un suelo rebosante de vida; árboles y hongos intercambiando sustancias mediante asociaciones que a la humanidad le llevó siglos comenzar a comprender. 

Allí animales transportan semillas de un lugar a otro, las hojas caen y se descomponen finalmente y alimentan el suelo del que surgirán mañana otras hojas, otras plantas, otros seres, otra vida, otra instancia de la vida más. 

El agua en su derredor, en él también circula, el agua sube por el árbol nutriéndolo, trayendo los nutrientes del suelo; el árbol la recibe y también la devuelve a la atmósfera: no se la queda sino en apenas aquello que necesita para constituirse tal, árbol. 

La materia circula, la energía lo atraviesa, la vida la recibe y la transforma y la devuelve, una y otra vez. 

Tal vez ésta, la del bosque, en sus silencios, suspiros rumores y cantos, tal vez esta sea una de esas melodías, de las más delicadas, las secretas, la silentes pero enormes a la vez, que le resuenan al buen oído, en el escenario del bosque. 

Tantos instrumentos para tan única y particular y una misma sinfonía. 

Nada parece quedarse definitivamente con nada y todo es, definitivamente también, parte de todo. 

Y todavía podemos ensayar retroceder un poco más, un poco o mucho más quizás: para comprender que tampoco el carbono de aquel tronco comenzó existiendo en el árbol, ni comenzó en el aire siquiera, del que éste lo recibió; así como tampoco ni el oxígeno, ni el calcio, ni el hierro, ni casi nada de aquello que durante un tiempo el árbol reunió e integró a su propio cuerpo. 

Algunos de estos elementos fueron forjados, hoy lo sabemos gracias a la ciencia, en estrellas que quizás existieron antes que nuestro sol. Y que, por obra de una danza celestial, universal, astronómica, ¡terminaron convergiendo también en este maravilloso lugar al que llamamos Tierra! 
Otros quizás son todavía más antiguos. 

Si lo miramos así, si nos permitimos captar esa dimensión tan evidente y a la vez tan fácilmente revelada, ¡de pronto aquel árbol que parecía solamente una planta grande, hunde metafóricamente sus raíces mucho más allá del suelo!

Sus orígenes y ramificaciones aparecen, sus orígenes y ramificaciones parecen alcanzar al universo, hasta el cielo mismo, hasta las estrellas; hasta tiempos en que todavía no había árboles, ni bosques, ni ojos humanos capaces de contemplarlos. 

Y sin embargo, ya existía buena parte de esa materia disponible para que Un Hacedor, o como queramos nombrarlo a Dios, a una naturaleza maravillosa, mediante una danza cósmica cuya profundidad apenas alcanzamos a dimensionar, ¡terminara componiendo aquello que hoy llamamos vida! 

Ese polvo de estrellas del cual se ha nutrido la Tierra, y a través de ella, los árboles y los animales, ¡y hasta nosotros mismos en nuestra humana y maravillosa existencia! 

Polvo de estrellas, así se ha dicho: lo dijo un poeta; y quizás pocas imágenes como ésta hayan conseguido reunir con tanta sencillez ciencia y poesía para aproximarnos a lo que son la vida, la existencia, el árbol ... y tú: y yo. 

Porque también nosotros somos polvos: nosotros los humanos también recibimos el agua que bebemos, recibimos el aire que respiramos, recibimos los alimentos que incorporamos, recibimos el calcio de nuestros huesos que nos hace fuertes y consistentes, o el hierro de nuestra sangre la que es vital para transportar el oxígeno que necesitamos. Y el carbono de nuestros tejidos ¡tan integrado de tantas formas que difícilmente una sola mirada pueda abarcarlas! 

Todo eso que integramos, todo eso que converge en nosotros, nada de eso comenzó con nosotros. 

Para que, durante un tiempo extraordinariamente breve, si pensamos en la inmensidad del tiempo cósmico, ¡esa materia antigua se organice y se cristalice de una manera singular en nosotros! Y así es que aparece el ser humano. 

Aparezco yo, apareces tú, aparece eso que cada uno llama yo. 

Y es entonces cuando ocurre algo todavía más extraño y maravilloso. De esa cristalización extraordinariamente breve de materia antigua y cósmica ¡emerge un ser capaz de recordar, de pensar, de sentir, de asombrarse, de reflexionar! 

Ese yo, esa especie única, inédita, irrepetible, única en el universo hasta donde hoy sabemos, ese ser; ese yo ama, ese yo teme, ese yo sueña, construye, destruye, compone música, pinta; 
y piensa y calcula la distancia de las estrellas. 

Y también y con los pies en la tierra descubre de qué está hecho un árbol, ni más ni menos. 

Después de descubrirlo, después de comprender tanto acerca de él, ahí es cuando surge la conmoción, el asombro, el entusiasmo vital y la reverencia profunda- 

Todas las cuales pueden converger en un acto sencillísimo: el sentarse bajo su sombra ¡y sentirse así conectado profundamente con el todo!: con el universo cercano, semejante y vivo e integrado a todo lo demás que existe. 
Ese yo que somos, es capaz de maravillarse ante su propia existencia ¡y ante cuanto lo rodea! Y puede incluso preguntarse algo que va más allá de aquello de lo que podemos ver, medir o comprender aún con nuestros científicos ojos.

Preguntarse \"¿Para qué estoy aquí?\" \"¿Para qué estamos aquí?\" \"¿Para qué el ser humano, el árbol, la vida, el todo existe? Es, llegó a ser\". 

La ciencia es hija de nuestro intelecto y éste, ¡ambos nos han brindado una herramienta imperfecta pero enorme, esencial para comprender y para entender: para convertir nuestras interrogantes en inquietudes concretas, y a través de ellas para buscar respuestas! 

La ciencia puede acompañarnos extraordinariamente lejos en la comprensión de lo que somos: de dónde procede nuestra materia, de cómo funciona nuestro organismo, de cómo percibimos, de cómo interactuamos, cómo nos integramos y hasta de cómo pensamos. 

Pero hay preguntas -y por suerte que todavía las hay- que continúan viviendo dentro de nosotros mismos ¡después de todas las respuestas halladas! 
Y cada respuesta, tantas veces, además se convierte en matriz para nuevas preguntas. 

\"¿Qué sentido tiene la vida?\" \"¿Qué hacer con esta vida?\" \"¿Qué significa estar aquí?\" \"¿Qué significará algún día el hecho de haber estado aquí?\" 

\"¿Y por qué hubo de consagrar al universo, y con tanta fuerza, con tanto tiempo, con tanta materia, a tanta maravilla?: para que finalmente pudiéramos existir y preguntarnos por nuestra propia existencia? ¿Y la misma de él?\" \"¿Qué sentido darle al pequeño intervalo al que llamamos vida, durante el cual esa antigua materia del universo se organizó aleatoriamente (quizás o quizás no) y precisamente de esta manera en que somos, y que nos dio así incluso hasta la posibilidad de nombrarnos, de nombrarnos seres humanos, y a la vez a cada uno como individuo?\". 

Una pregunta enorme; probablemente sin una única respuesta capaz de satisfacerla y de completarla. 

Tal vez sea que es simplemente parte de nuestra condición humana lo de tener que buscarla, a la respuesat, y no necesariamente para encontrarnos en ella con lo que sería un punto final: a una respuesta final que totalice nuestra comprensión.
 Quizás, seguramente, ello sea apenas para ir mejorando un camino al que intuimos infinito; por el cual hemos estado caminando, obteniendo en cada respuesta en él ¡a un nuevo peldaño! desde el cual continuar subiendo por la escalera de la duda, de la sabiduría, preguntando. 

Y esa búsqueda habrá de llevarnos también hacia una comprensión, a una comprensión mayor que muchos intuimos: que también nosotros somos parte del bosque. 

Y no porque tengamos raíces ni hojas, sino porque integramos, porque pertenecemos, porque somos hijos del mismo sistema vital terrestre y universal que nos ha compuesto, que nos ha consagrado cristalizándonos. Y porque recibimos, y porque transformamos, y porque también devolvemos. 

La diferencia acaso esté sobre todo en la conciencia: en la conciencia del uno mismo y en la conciencia como curiosa e inquieta actividad permanente humana. 
Nosotros podemos saberlo, podemos integrarlo a ese todo de alguna manera, estructurarlo para explicarlo, explicarlo para aliviarnos. 
Podemos emocionarnos con ello, sin dudas, a medida que lo comprendemos. 

Quizás esa sea una de nuestras mayores diferencias, de nuestras particularidades: la diferencia que nos brinda la posibilidad de la reflexión profunda y que también nos permita esa instancia espiritual: de alcanzar una comprensión mayor, que al menos en las formas que hasta hoy la conocemos, adquiere en nosotros, ésta: una expresión singular de la existencia. 


Hemos recibido materia y hemos construido ciudades. 
Recibimos materiales y construimos herramientas. Recibimos árboles y con ellos hacemos casas, barcos, libros y hasta fuego. Recibimos sonidos de este hermoso escenario y con ellos hemos hecho música.

Recibimos también pigmentos, polvo y después de descubrir sus posibilidades nos transformamos en pinturas y con ellas hacemos arte. 
Recibimos palabras de otros, de nuestros semejantes y con ellas hemos aprendido a comprendernos y a vernos no solamente como individuos separados, sino también reflejados en el otro, intuyendo por esto a un más allá que nos incluye a todos. 
Y hemos llegado a convenir formas como el lenguaje que nos permiten compenetrarnos y expresar a tal punto, tan maravillosamente bien, pero siempre suficientes como para concebir y expresar cosas tales como el amor, la ausencia, la esperanza, la eternidad.


Hemos recibido un mundo ¡y poseemos la extraña capacidad de transformarlo profundamente!, incluso de transformarlo en otro. 

Eso es parte de la maravilla que somos ¡y también es parte central, vital, esencial e irrenunciable de nuestra emergente responsabilidad: ineludible ella! 
Porque bien sabemos -y quizás hoy más que nunca- que no todo cuando le devolvemos, después de transformarlo a la naturaleza ¡mejora aquello que recibimos! 


Ante tantos regalos recibidos a lo largo de nuestra existencia, a veces por omisión, otras por desidia, o por codicia, o por inconsciencia, ¡nosotros terminamos lastimándonos entre nosotros mismos y lastimando también a la naturaleza! 

Así, vamos dejando rastros, dejamos heridas en el agua, en el aire, en la tierra, en su superficie, en sus profundidades; y en otras vidas: e incluso también en la nuestra, en nosotros mismos.


Quizás por todo esto es que convenga alguna vez y cada tanto (y como hábito, como gozoso hábito, como esencial instancia de reconexión), regresar al bosque. 

Y así, volver a encontrarnos con el árbol, y abrazarlo; darnos el tiempo, respirarlo, percibirlo, gozarlo: rindiéndonos así por un instante ante su imperturbable fortaleza y su asombrosa riqueza, la que puede ser también una metáfora concreta, perfecta, allí delante ¡de tanto de lo que también nosotros somos! 

Volver, no necesariamente para pedirle respuestas: quizás para hallarlas en él, a partir de él, ¿por qué no? 

O tal vez simplemente para disfrutarlo, para revivirlo en el sentido de vocación presente, patente; para mirarlo, para olerlo, para sentirlo, para intuirlo: para maravillarnos. 
Para recordar que aquel árbol enorme continúa tomando del cielo lo que es invisible ante nuestros ojos ¡y convirtiéndolo lentamente con su parsimonia en la madera que tocamos.

 Y sobre todo en vida, y en factor de vida: en lo material y también para nosotros en lo espiritual. 

Para recordar que en su cuerpo guarda la historia de una antigua energía llegada desde el sol. Para recordar que él integra el agua que pasa por él, y la que luego continúa: porque no se apropia de ella para siempre, toma apenas lo necesario para ser ¡y la devuelve al ciclo al que la misma pertenece! 

Para recordar que sus átomos estuvieron también antes en otros sitios y que estarán después en otros seres ¡y que sin embargo durante un tiempo, constituyen su identidad! 
Una identidad, una entidad: un árbol. 


También nosotros estamos sometidos a esa antigua condición ¡y poder comprenderlo, poder maravillarnos y emocionarnos ante eso, eso constituye un privilegio enorme, diferenciador, sí, pero también comprometedor! 

Un privilegio que nos habla en voz alta y clara también de responsabilidad. 


Nos recuerda, a veces con suavidad y otras con sacudones: 
que esto no es enteramente nuestro, 
que nunca lo fue y que nunca lo será, 
que somos apenas como las otras especies también huéspedes, 
que nada de cuanto somos nos pertenece y mucho menos para siempre, 
que mucho de cuanto nos constituye puede ser contemplado, ¡es en los hechos un regalo! Y un instrumento, un alimento recibido; 

y como la extraordinaria fortuna de los innumerables acontecimientos que hayan debido suceder antes para que hoy nosotros existamos. 

Recibimos, sí; transformamos permanentemente ¡mientras vivimos y devolvemos cada día con lo que hacemos!  
Y devolvemos también al final aquello mismo con lo que durante un breve tiempo fuimos nosotros mismos. 


Tal vez comprenderlo todo esto puede llevarnos a pensar, a reflexionar, a meditar ¡y también a rendirnos emocionada y profundamente ante esa conciencia nuestra tan extraordinaria que nos permite reconocer nuestra pertenencia al mismo todo que lo contempla!. 

Quizás nuestra verdadera libertad esté representada también allí, adelante: en algo que el árbol nunca necesitó para preguntarse, en algo que el árbol nunca necesitó preguntarse para vivir. 

El árbol no necesita formular la pregunta, pero nosotros sí: ¡y podemos hacerlo! ¡Y acaso debamos hacerlo! 
Debamos preguntarnos finalmente ¿Qué haremos mientras estemos aquí? ¿Qué hacemos con todo aquello que por este instante nos ha sido dado? 

Y cuando corresponda devolverlo ¡también preguntarnos qué habremos hecho de nuestro regalo! 

¿Habremos estado a la altura de los acontecimientos? 
¿Habremos cumplido con nuestra misión sin tener sin embargo muy claro todavía cuál es, cuál fue? 

Y esa tensión en el aire, eternamente transmitida por sucesivas generaciones ¡ella será también parte integrante de la continuidad maravillosa de este Todo!: el de Ser.