Leoness

A wester motel de edward hope

El tiempo ha colgado sus relojes de cisne

sobre el borde rígido de un rubio pensamiento.

 

El burdeos sangra en la geometría del aire,

mientras las maletas custodian dos verdades cerradas

que nunca aprendieron a decir adiós.

 

Verde pared, verde olvido,

verde el ojo de metal del Buick que espera afuera,

devorando el polvo de la aridez texana.

 

La luz no ilumina, corta el suelo como un hacha de cuarzo,

dividiendo la sombra de lo que fue,

de la parálisis dorada de lo que viene.

 

Un sillón rojo escucha el murmullo de las colinas disecadas.

 

El salvaje oeste cabe ahora en la cerradura de un motel,

embotellado en la sed del asfalto moderno.

 

Esa mujer es un faro de silencio al borde del colchón.

 

No camina, no habla, no llega,

solo aguarda que la ventana panorámica termine de tragar

el horizonte que jamás le perteneció.