La vida es un camino, no nos lleva por los sueños,
nos lleva por senderos, a veces poco claros,
y muchas veces extraños, imprevisibles,
mientras el trabajo se nos hace duro y necesario.
Los sueños son recónditos, profundos y humanos,
nos dan fuerza en los malos e inevitables momentos;
la ambición, cuando no es desmedida,
es impulso de quienes no se rinden al silencio.
La realidad nos sitúa después
en espacios imprevistos y desconocidos,
pero soñar es no aceptar el prejuicio ni el destino,
sin dejar de ser conscientes del realismo.
Ser soñador es seguir un camino
constante, incierto y continuo;
porque, aunque la vida no nos lleve donde soñamos,
ser soñador puede ser, al menos,
un camino hacia el triunfo interno.