Antonio Portillo

Fe de erratas


El peso se fue primero,
como quien suelta una moneda en un pozo
y olvida esperar el eco.
No hay frío aquí,
solo una costumbre mineral de no moverse,
un acuerdo tácito con la tierra
que va aprendiendo mi nombre
grano por grano,
sin ninguna prisa por pronunciarlo.
Los relojes de arriba ya no saben contarme.
Las sábanas guardan todavía el calor
y los pasos continúan gastando los peldaños.
Aquí el tiempo no es una cuerda tensa,
sino un charco donde cayó la tarde
y nadie vino a sacudir el agua.
Extraño, si acaso, las asperezas:
el golpe del té demasiado caliente en la lengua,
el polvo en los nudillos,
la terquedad inútil de poner el despertador.
Aquí todo es suave,
demasiado redondo,
como un guijarro al fondo de un río seco.
No dejen tantas flores;
pesan sobre el tejado de madera
y consumen el poco aire
que ya no necesito.
Apaguen la luz al salir del recuerdo.
He descubierto que la oscuridad
no era una fiera,
sino un abrigo viejo
que por fin me queda a la medida.
Antonio Portillo Spínola ©