Hay algo tan hermoso como aterrador
en el hecho
de que el día que mueras
partes de otras personas se extinguirán contigo
y partes de ti seguirán viviendo en otros.
Las historias de tus abuelos se quedarán
junto a los secretos que nunca confesaste
mientras que tu forma de hablar seguirá apareciendo,
sin que nadie lo note,
en las conversaciones de la gente que te quiso.
Los refranes antiguos y las canciones de tu tierra
se irán diluyendo entre el viento cuando no estés
pero tus sonrisas
seguirán en la retina de alguien que pasó
brevemente por tu vida.
Los consejos que te dieron
se olvidarán junto al viejo diario en el que los escribiste
aunque alguien aún recordará nítidamente tu rostro al oler un perfume.
Te llevarás
allá a donde vayas
todas esas cosas
que sin ser plenamente tuyas
te acabaron construyendo
y sin saberlo
también irás regalando pedazos
que formarán a otros.
Y de una manera hermosa y aterradora a la vez
algún cacho de ti
llegará a ser parte de alguien a quién jamás conociste.
Y en el fondo
creo que eso es lo más parecido
a la inmortalidad.