ANDRÓMEDA UNA ROSA ENCADENADA
Trilogía.
II. LA ROCA
Ahí la dejaron.
El viento le pegaba el pelo a la cara mojada.
Las cadenas le cortaban los hombros.
Abajo, el mar rugía, esperando.
Ella no lloraba por miedo,
lloraba porque nadie le preguntó si quería ser mártir.
Y mientras esperaba al monstruo,
de su piel agrietada por la sal
empezaron a brotar rosas rojas.
Porque ni el mar puede evitar
que una mujer bella florezca
aunque la quieran marchitar.