Bajo el sol que calcina la jornada,
con cemento y sudor sobre la frente,
va levantando el sueño de la nada,
mientras la vida pasa indiferente.
En Panamá lo encuentra la mañana,
con el canal silbando en la distancia;
la ciudad crece, altiva y soberana,
y él pone el hombro para darle estancia.
Construye torres que rozan el cielo,
hoteles donde nunca dormirá;
pone un ladrillo encima de su anhelo,
y el lujo con su esfuerzo crecerá.
Sus manos saben más que los oficios,
conocen la medida y la pobreza;
son manos que levantan edificios
y apenas pueden sostener su mesa.
Trabaja con la espalda encadenada,
sin aplausos, sin nombre y sin historia;
la riqueza se queda en la fachada,
y a él simplemente le dejan escoria.
Ha cruzado fronteras por trabajo,
dejando atrás familia y esperanza;
en América el pobre nace abajo
y sube con sudor, nunca en bonanza.
Lo llaman simplemente un albañil,
como si el nombre fuera suficiente;
pero sostiene el pulso más febril
de una América que alza con su frente.
Él conoce la lluvia y el verano,
el andamio, la mezcla y la escalera;
sabe que cada muro puesto a mano
es una deuda que la vida espera.
Y si algún día pregunta la historia
quién levantó ciudades y caminos,
que no se olvide de su humilde gloria:
fueron manos las que alzaron destinos.
Porque un país no crece por decreto,
tampoco por discursos tan livianos;
crece cuando el sudor de un hombre inquieto
convierte el barro en sueños soberanos.
No pide monumentos ni medallas,
ni que su nombre brille en las portadas;
solo un salario justo en sus batallas
y volver con sus manos levantadas.
Cuando la patria escriba su memoria,
que diga quién sostuvo sus cimientos;
no fue el poder quien construyó su gloria:
fue el hombre que la alzó con sufrimiento.
JUSTO ALDÚ © derechos reservados 2026