Robotín

El suicidio de los peces

Durante los últimos años, en muchas playas del planeta, donde el bullicio de los bañistas suele mezclarse con los agudos gritos de las gaviotas, se viene repitiendo una escena que parece extraída de una leyenda submarina: un gran número de peces, animales enérgicos que a lo largo de los siglos han surcado las profundidades trazadas por la memoria oceánica, aparecen varados en la arena, con sus cuerpos plateados agitándose sobre la quietud de la orilla, como si hubieran abandonado voluntariamente la inmensidad azul para buscar en la tierra el último reducto de sus cansadas aletas.

Los científicos, desconcertados ante un fenómeno cada vez más habitual, han buscado respuestas en el lenguaje frío de los estudios y las estadísticas, intentando descifrar qué fuerzas oclutas podrían estar modificando el arcano equilibrio de los mares; algunos apuntan al desplazamiento de las corrientes marinas, otros señalan el aumento progresivo de las temperaturas de las aguas, consecuencia de un cambio climático que transforma lentamente los océanos, alterando los ciclos de alimentación, las rutas migratorias y los instintos que durante millones de años habían guiado a los peces sin necesidad de mapas o cartas de navegación.

Sin embargo, mientras los hombres fuera de su medio de vida en busca de una causa concreta, una razón medible o una anomalía que pudiera ser encerrada en informes científicos, nadie sospechaba que bajo la superficie del mar se estaba librando una batalla mucho más silenciosa, causando una enorme tristeza que no estaba relacionada únicamente con las corrientes ni con el calor, sino con el cansancio de habitar un mundo que en nada se parecía al hogar que un día había sido.

Los peces también había empezado a cargar con el peso de la existencia, aunque durante siglos hubieran vivido sin tener que hacerse preguntas, flotando sobre una felicidad ingenua que nacía precisamente en su ausencia de memoria, anclados a un perpétuo presente que les llevaba a aceptar con normalidad cualquier cambio producido en su hábitat. No extrañaban los océanos perdidos porque nunca habían conocido otros. No sentían nostalgia por los arrecifes desaparecidos porque ignoraban su existencia, aceptando como parte natural de la vida aquellas aguas turbias donde la basura se enredaba con las algas, donde los vertidos dibujaban mortíferas manchas invisibles, donde las corrientes arrastraban restos de plástico y las profundidades guardaban, como heridas abiertas, los derrames de petróleo.

De generación en generación, los peces habían llamado océano a todo aquello, porque no existe fealdad para quien nunca ha conocido la belleza, y una prisión puede parecer un hogar cuando sus paredes son lo único que la memoria conserva, adaptándose a nadar entre residuos sin darles tiemoo a alarmarse por el riesgo para su salud que ello conlleva. Confundiendo la obscuridad con la naturaleza del agua, fueron aceptando el silencio de los arrecifes muertos como si siempre hubiera sido el auténtico sonido del mar.

Pero un día, entre las toneladas de desechos que los hombres habían dejado caer sobre sobre los fondos marinos, aparecieron unas imágenes extrañas que cambiaron para siempre la forma en que los peces miraban su propio mundo. Eran fotografías tomadas por submarinistas mucho tiempo atrás, cuando todavía existían lugares donde el océano parecía un lugar difícil de imaginar: aguas transparentes que dejaban pasar la luz hasta los jardines de coral, arrecifes multicolores habitados por criaturas luminiscentes, bosques submarinos que ondulaban como si la tierra hubiese enraizado bajo las olas, y lechos marinos cubiertos de vida donde cada movimiento parecía formar parte de una fantasiosa sinfonía.

Aquellas fotografías llegaron hasta los rincones más profundos del océano, despertando algo que hasta entonces había permanecido aletargado: la memoria de lo que nunca habían vivido. Los peces descubrieron que sus antepasados habían habitado un paraíso hasta entonces inimaginable para ellos, comprendiendo que aquellas aguas enfermas en las que sobrevivían eran la sombra de una pérdida y no el destino inevitable de la naturaleza.  Supieron, bajo una tristeza que ningún animal había comprendido jamás, que les tocó heredar un mundo empobrecido después de que otro mundo de fábula submarina hubiera desaparecido.

Fue entonces cuando apareció la nistalgia: esa dolorosa sensación que solo nace cuando alguien descubre aquello que ha perdido y el tiempo nunca se lo podrá devolver; esa herida invisible que se abre cuando la imaginación consigue viajar hacia un pasado al que ya es imposible regresar. Los peces comenzaron a recordar sin haber estado allí, a llorar por arrecifes que no habían visto palpitar, por aguas cristalinas que nunca habían recorrido, por una belleza que pertenecía a una historia anterior a ellos y que, sin embrago, sentían como propia.

Fue entonces cuando los peces comenzaron a dirigirse hacia las playas, siguiendo un impulso que ningún científico supo diagnosticar con sus instrumentos, porque no nacía de un descenso irreversible de las mareas ni de unas corrientes poco corrientes. Provenía de una pena profunda que atravesaba sus cuerpos como un intangible arpón. Decidieron abandonar el océano contaminado, aquel inmenso territorio convertido en espejo de la indiferencia humana, y buscaron hasta quedar sin aliento un lugar donde descansar tras una agotadora travesía.