José Luis Barrientos León

Fragmento de mi propia carne cansada, Poema para mi nieta

 

¡Oh, las turbinas del tiempo que giran y trituran nuestros días!

Allí, donde el agua se detiene en un lodo espeso y la luna huye de los faroles eléctricos,

donde el mapa se rompe y los geógrafos se suicidan de aburrimiento.

¡Allí te encuentro, pequeña mía, en el rincón que la civilización olvidó!

 

Me hablas y tus palabras no son flores, ¡son descargas eléctricas de vida pura!

Tengo en el pecho un nido de versos y un poema gritando a los vientos,

un canto que compite con las sirenas de los barcos que zarpan hacia la nada.

Mírame con esos ojos tuyos, que son faros de un puerto en el amanecer,

húmedos de un aliento sagrado que yo ya gasté por completo.

 

Tus manos se agitan como los pistones de una locomotora furiosa,

llenas de una inquietud que me quema, que me destruye, que me reconstruye...

¡Bendita seas! Con las hélices de tu imaginación desbocada,

me has arrastrado de los cabellos al sótano polvoriento de mi propia niñez,

a los días en que yo también creía en los trenes de juguete y en los mapas sin fronteras.

 

¡Niña! ¡Pequeña! ¡Fragmento de mi propia carne cansada!

Te grito desde el muelle de mi vejez, con los pulmones llenos de humo de carbón:

¡Pequeña! ¡Pequeña! ¡Pequeña!

Mi mente, que es un motor que nunca se apaga y que solo produce insomnio,

te sueña entre el ruido metálico de las imprentas y el tráfico de la avenida.

Te espero, no con la paz de los santos, sino con la histeria de estos versos,

Para vivir este himno de recuerdos y lágrimas que escribí solo para ti.