Los poetas que nacieron sabiendo
Hubo un tiempo
en que todos éramos aprendices.
Nadie llegaba a las plataformas
con el diploma de poeta bajo el brazo,
ni con una biblioteca entera
metida en la lengua.
Escribíamos como podíamos:
con versos torcidos,
comas suicidas,
metáforas de segunda mano
y una soberbia que todavía no sabía
que era soberbia.
Éramos empíricos.
Aprendíamos a tientas,
leyendo al que sabía más,
equivocándonos en público,
publicando poemas
que hoy nos daría vergüenza firmar.
Y sí,
había algunos que escribían mejor.
Los privilegiados.
Los que habían tenido maestros,
escuelas,
libros suficientes,
bibliotecas donde la poesía
no era un lujo,
sino una costumbre.
Los demás
aprendíamos mordiendo diccionarios,
robándole música a los buenos
y corrigiendo a oscuras
nuestros propios naufragios.
Pero había algo hermoso:
nadie fingía
haber nacido poeta.
Hoy es distinto.
Uno entra a Internet
y encuentra poemas tan pulcros
que parecen haber sido esterilizados.
No hay una palabra fuera de sitio,
ni una metáfora con la rodilla raspada,
ni un verso que huela a equivocación.
Todo impecable.
Todo profundo.
Todo perfectamente intelectual.
Y entonces aparece el poeta
con su fotografía de pensador,
su biografía de tres líneas
y una colección de palabras graves
que parecen haber estudiado
más que él.
Habla de ontología,
de la fugacidad del ser,
del abismo,
del tiempo,
de la memoria...
Y uno piensa:
¿Y cuándo aprendiste a vivir
todo eso que escribes?
Porque ahora abundan
los poemas demasiado perfectos
y los poetas demasiado seguros.
Y cuando alguien pregunta:
—¿Usaste inteligencia artificial?
La respuesta llega indignada:
—¡Jamás!
Como si una máquina
pudiera mancharles la dignidad,
pero no la conciencia.
Entonces borran la evidencia,
cambian dos palabras,
ponen un punto y coma
y vuelven a publicar
su milagro literario.
No usan IA, dicen.
Claro.
Y yo soy Neruda
con Wi-Fi.
No me molesta que una máquina
ayude a corregir una coma.
Me molesta que algunos
quieran hacer pasar por talento
lo que apenas es acabado.
Porque una cosa es escribir un poema
y otra muy distinta
es fabricar la apariencia
de haberlo escrito.
Nosotros tuvimos poemas malos.
Muchos.
Y qué suerte.
Porque debajo de cada error
había una persona aprendiendo.
Hoy algunos tienen poemas perfectos
y ninguna cicatriz.
Eso también dice algo.
Quizá la poesía no haya mejorado.
Quizá solamente
aprendió a maquillarse.
Y mientras los nuevos poetas
se acomodan los lentes de intelectuales
frente al espejo del algoritmo,
yo todavía prefiero
aquel viejo poema mal armado,
con una metáfora coja,
una rima accidental
y un corazón haciendo ruido.
Porque al menos allí,
entre los errores,
había alguien.