WCELOGAN 🔛

Los Poetas

Los poetas que nacieron sabiendo

 

 

 

Hubo un tiempo

en que todos éramos aprendices.

 

Nadie llegaba a las plataformas

con el diploma de poeta bajo el brazo,

ni con una biblioteca entera

metida en la lengua.

 

Escribíamos como podíamos:

con versos torcidos,

comas suicidas,

metáforas de segunda mano

y una soberbia que todavía no sabía

que era soberbia.

 

Éramos empíricos.

 

Aprendíamos a tientas,

leyendo al que sabía más,

equivocándonos en público,

publicando poemas

que hoy nos daría vergüenza firmar.

 

Y sí,

había algunos que escribían mejor.

 

Los privilegiados.

 

Los que habían tenido maestros,

escuelas,

libros suficientes,

bibliotecas donde la poesía

no era un lujo,

sino una costumbre.

 

Los demás

aprendíamos mordiendo diccionarios,

robándole música a los buenos

y corrigiendo a oscuras

nuestros propios naufragios.

 

Pero había algo hermoso:

 

nadie fingía

haber nacido poeta.

 

Hoy es distinto.

 

Uno entra a Internet

y encuentra poemas tan pulcros

que parecen haber sido esterilizados.

 

No hay una palabra fuera de sitio,

ni una metáfora con la rodilla raspada,

ni un verso que huela a equivocación.

 

Todo impecable.

 

Todo profundo.

 

Todo perfectamente intelectual.

 

Y entonces aparece el poeta

con su fotografía de pensador,

su biografía de tres líneas

y una colección de palabras graves

que parecen haber estudiado

más que él.

 

Habla de ontología,

de la fugacidad del ser,

del abismo,

del tiempo,

de la memoria...

 

Y uno piensa:

 

¿Y cuándo aprendiste a vivir

todo eso que escribes?

 

Porque ahora abundan

los poemas demasiado perfectos

y los poetas demasiado seguros.

 

Y cuando alguien pregunta:

 

—¿Usaste inteligencia artificial?

 

La respuesta llega indignada:

 

—¡Jamás!

 

Como si una máquina

pudiera mancharles la dignidad,

pero no la conciencia.

 

Entonces borran la evidencia,

cambian dos palabras,

ponen un punto y coma

y vuelven a publicar

su milagro literario.

 

No usan IA, dicen.

 

Claro.

 

Y yo soy Neruda

con Wi-Fi.

 

No me molesta que una máquina

ayude a corregir una coma.

 

Me molesta que algunos

quieran hacer pasar por talento

lo que apenas es acabado.

 

Porque una cosa es escribir un poema

y otra muy distinta

es fabricar la apariencia

de haberlo escrito.

 

Nosotros tuvimos poemas malos.

 

Muchos.

 

Y qué suerte.

 

Porque debajo de cada error

había una persona aprendiendo.

 

Hoy algunos tienen poemas perfectos

y ninguna cicatriz.

 

Eso también dice algo.

 

Quizá la poesía no haya mejorado.

 

Quizá solamente

aprendió a maquillarse.

 

Y mientras los nuevos poetas

se acomodan los lentes de intelectuales

frente al espejo del algoritmo,

 

yo todavía prefiero

aquel viejo poema mal armado,

 

con una metáfora coja,

una rima accidental

y un corazón haciendo ruido.

 

Porque al menos allí,

 

entre los errores,

 

había alguien.