Un rumor de escombros sostiene la luz de la mañana.
Esa mirada, esa frágil corteza con que medimos los días,
se quiebra sin ruido, igual que un cristal
sometido al peso vegetal de la sombra.
Y sin embargo, aquí, sobre la tierra encendida,
se lucha contra el derrumbe de cada segundo,
contra esa marea ciega que invita a ceder,
al desorden que nos ciñe como una piel demasiado estrecha.
Es el clamor sin pausa de un tiempo sin descanso,
un día desnudo, sin voluntad, sin la mano de nadie,
allí donde la sangre mide el límite exacto
de la resistencia humana.
Pero cuando el horizonte se borra
y la nada es el único territorio que nos reclama,
surge de pronto una red de astros distantes,
una constelación amarga entre la verdad y el delirio.
El entorno se estrecha, cruje, cae hecho polvo.
Todo lo que amamos se confunde en la niebla de un nombre,
y en ese abismo brota una realidad distinta,
casi virtual, lípida, irreal como un eco que nada debe
al dolor que acaba de ocurrir.
Miramos de frente.
Se abre un destello de disolución, un antiguo mundo
soberbio y remoto, poblado por gigantes de sombra,
donde todos los hombres, con un solo pecho y una sola garganta,
alzan un grito estallado de terror hacia lo que jamás conocerán.