Con el transcurso de los años te vas dando cuenta de que nadie más te sostendrá.
Tendrás que ser tú contra todo y contra todos. No es que la vida sea siempre una batalla campal, pero habrá días donde no bastará con usar el escudo: habrá que empuñar una espada o una daga, encañonarse la voluntad para no perder frente a lo que intenta destruirte.
Y entonces sacas fuerzas de un lugar inexplicable.
Últimamente he creído que esa energía viene del aliento divino; ese soplo del Creador que enciende la llama de la motivación y nos levanta desde donde sea. Lo digo por experiencia. He sentido que todo pesa demasiado, que mis fuerzas se agotan, y aun así sigo de pie, a veces sin una razón clara.
Me descubro empujándome hacia lo que venga, sea lo que sea. Cierro los ojos y confío. Me aviento a los brazos del abismo que a veces es la vida, buscando alcanzar la cima para contemplar lo que he logrado hacer... milagrosamente sola.
O quizás no tan sola como suelo sentirlo.